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miércoles, 1 de marzo de 2017

El mundo del Trasplantado-De-Médula-Reciente (TDMR)



Dije que estoy curada, y así es, pero debo matizar esta afirmación. Debo matizarla por cosas como que el otro día una amiga me preguntó  si quería acompañarla de viaje a Tailandia el mes que viene, sin billete de vuelta y posiblemente para no volver en varios meses.

Éste fue sólo uno de muchos ejemplos de propuestas o preguntas similares, posiblemente encaminadas a celebrar mi curación, pero al fin y al cabo preguntas que indican un estado general de confusión con respecto a lo que es la vida del Trasplantado-De-Médula-Reciente. Que no se me malinterprete: Me encanta que mi amiga aventurera piense en mí para planes intrépidos como éste y espero en un futuro poder apuntarme sin dudarlo a cosas así. Pero no, ahora mismo no puedo ir a Tailandia. Estoy a mil millas de remotamente plantearme la posibilidad de ir sin fecha de vuelta a ningún sitio exótico como Tailandia.

Aventureros con amigos post-leucémicos del mundo, prestad atención, porque esta entrada pretende aclarar un poco las cosas. Bienvenidos al mundo del trasplantado-de-médula reciente (TDMR).


El trasplantado-de-médula-reciente (TDMR) es alguien que, como yo, ha sido sometido a un trasplante de médula recientemente (hace menos de un año).  No importa cuántos años tengas: a partir de tu trasplante, al menos una parte de ti es totalmente nueva, inexperta y, en gran parte, ineficaz.  Me estoy refiriendo a tu sistema inmune. Inmunológicamente hablando, eres como un bebé en una guardería, que pilla cualquier cosa y se pone malo a la mínima ocasión.

Esto se debe a dos motivos:

1. El trasplante de médula no consiste en que te “arranquen la médula” y te metan otra. O sí. Lo que pasa es que el proceso de “arrancado” de tu médula original es más bien un exterminio químico provocado por la quimio y radioterapia (¿Os acordáis de Papá Quimio y del Dr. Tv?). Y la nueva médula que te injertan no es una médula completamente formada, sino más bien una médula del IKEA: te dan las piezas básicas (un conjunto de preciosas células madre de la médula del donante) y ya tú te vas construyendo una médula completa con la ayuda de un libro de instrucciones (1), ciertos fármacos y el paso del tiempo.

2. Medicación. Entre otras muchas pastis que tienes que tomar, unas muy importantes son los inmunosupresores (Sí, supresores del sistema inmune). Y os preguntaréis, ¿cómo, por qué suprimir cuando acabas de injertar?. La razón es evitar la enfermedad de Injerto Contra Huésped (EICH): si la nueva médula, encontrándose en un cuerpo nuevo y fuera de su entorno original (un joven canadiense altruista), se desarrolla muy rápido, puede reaccionar atacando al nuevo  huésped (yo). Los inmunosupresores se encargan de sedar a tu médula por la misma razón por la que había que sedar a MA antes de subirlo a un avión: para evitar que se liara a repartir a diestro y siniestro, presa del pánico. Pero incluso tomando estas precauciones, a veces la médula se rebela ante lo desconocido provocando una de esas EICH. Los síntomas habituales son náuseas, diarrea y erupciones cutáneas. Eso me pasó a mí a los dos meses del trasplante. El tratamiento consiste en la conocida CORTISONA, una droga legal que te pone  frenético y de muy buen humor y que sería megachupifrosti de no ser porque:
a) No vivo en una rave.
b) Provoca el efecto secundario conocido como “cara de luna”, que más bien podría llamarse “cara de culo” a juzgar por lo favorecedora que es (pero estás vivo y tienes una médula nueva, así que no te quejes y abraza la oportunidad de trascender tu ego y romper la identificación con tu imagen física). 

Así que todo aquél que como yo, haya recibido un trasplante de médula hace cuestión de meses  va a ser probablemente alguien:

- Muy dependiente del hospital (recetas, consultas, analíticas, tratamientos complementarios).

- Propenso a ponerse enfermo o a fatigarse en exceso (sistema inmune dormido por la inmunosupresión y poco desarrollado).

- Con una pinta rara que según el día le hará más o menos gracia: posible sobre o infra peso residuo del tratamiento;  cara de luna/culo si ha habido corticoides de por medio (algo muy habitual) y pelo corto raruno (el pelo corto “post cáncer” se rige por designios caóticos, tiende al modelo Casco y está tan lejos del elegante pelo corto a lo garçon como yo de poder ir a Tailandia).

- Que no puede beber alcohol  (interfiere con la medicación). Es de vital importancia que recuerdes esto si vas a invitar a tu amigo a cualquier evento en el que la conservación de la cordura dependa directamente de la cantidad de alcohol en sangre: bodas, bautizos y comuniones, cenas de empresa, reuniones navideñas, verbenas y fiestas de Prao son algunos ejemplos.

Visto esto, amigos aventureros, la verdad es que de aquí a unos cuantos meses no podré acompañaros a muchas de vuestras aventuras.  Tampoco creáis que os envidio demasiado. No tengo nada en contra de pasar el invierno enfundada en mi pijama de Pandicorn (el panda unicornio), siempre que haya Netflix, HBO, Popitas y buena compañía. Y si bien este sábado no podré disfrazarme de la versión putilla de cualquier cosa para salir por carnaval (cogería frío), tened por seguro que me disfrazaré de la versión putilla de cualquier cosa en agosto, cuando llegue el carnaval de Luanco (2).




P.D.: Quiero dedicar esta entrada a mis amigos aventureros, para que no dejen de proponerme planes descabellados por muchas veces que les diga “no puedo”. Y a Pablo Ráez, quien ojalá estuviese ahora padeciendo estos pequeños inconvenientes en lugar del injusto desenlace que le tocó en suerte, y que nos enseñó a todos a ser “siempre fuertes” (aunque seamos TDMR).

(1) Instrucciones: debes ir al hospital dos veces por semana al principio, y después cada dos semanas, o (mucho después y si todo va por el libro), cada tres, para hacerte análisis de sangre, acudir a consulta y de vez en cuando recibir tratamientos complementarios, vacunas y  cosas así. Y si te pones malo y/o llegas a 38 de fiebre, a urgencias inmediatamente. Los truculentos tiempos de la quimio han quedado atrás, pero el tratamiento continúa, y puede que ya no estés ingresado en el hospital, pero sigue siendo tu segundo hogar y desde luego no cuentes con estar más de dos semanas lejos de él.  Y aunque no tuvieras que hacerte análisis ni tratamientos ni acudir a consulta, dependes del hospital para conseguir las recetas de todas las carísimas, super controladas y desde luego no legalmente acumulables para estancias largas en destinos exóticos, MEDICINAS. Pasemos al punto 2.  

(2) El carnaval de Luanco es cáncer-friendly no sólo por las amables temperaturas de agosto, sino porque, además, si aún estás en la fase del pañuelo, puedes, con un poco de arte, anudártelo en la frente y la gente pensará que vas disfrazada de Carmen Miranda. Doy fe, me pasó el año pasado con un amigo que no se había enterado de que tenía leucemia. 


lunes, 8 de agosto de 2016

Soy una punk

Hacía mucho que no actualizaba mi blogcillo. Que no cunda el pánico: este parón se ha debido principalmente a que soy una vaga. No ha habido crisis ni físicas ni emocionales en el camino. Sigo con mi sano principio de importarme todo un cojón, poniéndome nerviosa únicamente cuando se me aproximan pruebas con objetos punzantes. Ya incluso apenas salgo con pelucas de colores, y a los curiosos que me observan fijamente durante demasiados segundos -atrapados sin duda por la belleza y redondez de mi cráneo al desnudo- , les hago el corte de manga. Niños incluidos.  


De hecho, estoy muy contenta porque últimamente tampoco las agujas me impresionan tanto como antes. El otro día me hicieron un aspirado de médula, cosa que suele doler y que implica que te claven una aguja enorme en el esternón para extraer un poco de médula del interior del hueso. Consiste en lo siguiente: primero te pinchan una anestesia local. Luego te clavan poco a poco una aguja que nunca he podido ver (ya que en todo el proceso tienes que permanecer con la cara mirando al lado mientras te ensartan aquello en el pecho) pero que por el ruido que hace al entrar parece del tamaño de las de hacer ganchillo. Una vez han instalado el montaje, te avisan de que “va un tirón”, y tiran de algo que yo me imagino que debe de ser un émbolo asociado a la aguja-jeringuilla que está alojada en tu esternón. El tirón es lo que duele. Luego tiran otra vez, y así sucesivamente hasta que extraen todo el mejunje óseo que necesitan.

Mi estrategia para hacer llevaderas estas pruebas solía consistir en ponerme los cascos y pinchar Motorhead, creyéndome muy dura pero en el fondo tratando de no pensar en los movimientos de las doctoras y sus utensilios en torno a mí. En cambio esta última vez implementé un nuevo sistema que sin ser consciente llevaba mucho tiempo desarrollando en mis 26 años de persona con tendencia al estreñimiento. Consiste en apretar mucho los dientes, los puños, los párpados, y todo el cuerpo en general, durante los segundos que dura el momento doloroso. Así, cuando me avisaron de que iba el primer tirón, apreté. Al segundo tirón repetí la operación y volví a apretarme con fuerza. Estaba tan concentrada en mi apretamiento, que el dolor pasó desapercibido. Fue como la seda. Con estas exitosas estrategias ante el dolor, más algún Orfidal en ocasiones especiales, ya ni las agujas van a alterarme. No me va a importar ninguna de las pruebas y putaditas de hospital que me hagan, voy a ser como el rapero nihilista.


Me estoy viniendo arriba un poco, en realidad no creo que eso llegue a ocurrir. Sigo sudando como un pollo cuando me tumban en la camilla y se me acercan con la anestesia.

En otro orden de cosas, terminé de leer “Por favor, mátame: la historia oral del punk”. Se lo recomiendo a todo el mundo. Lo recomiendo especialmente como terapia para los amantes del rock que atraviesen una mala racha de cualquier tipo, cáncer incluido, como es mi caso. Por qué: porque Iggy Pop estaba peor.

Yo, cuando me ponen quimio, tengo algún día malo. Y a veces me toca alguna prueba desagradable como las antes descritas. Pero es que Iggy se pasó la década de los 70 hecho una mierda, rebozado en sustancias y salpicando sangre y vómito a los cuatro vientos. Además, tenía un look muy cáncer style, se afeitaba las cejas y cosas así. Se rajaba el pecho sobre el escenario, dejándolo todo perdido de sangre. Vomitaba al público, se inyectaba cosas, recibía palizas, era abandonado por sus amigos en la cuneta de cualquier calle. Todos ellos, los Stooges, los MC5, los New York Dolls, los Ramones, vivían más o menos en la miseria, prostituyéndose para comprar drogas, recibiendo palizas e ingresando en prisión de cuando en cuando. En algún momento de la historia alguien llamó “punk” a todo eso y poco después los adolescentes a uno y otro lado del atlántico querían ser como ellos.

Por supuesto, es una estupidez idealizar la pobreza y la enfermedad. Porque toda esa gente no quería ser pobre ni encontrarse mal. Querían nadar en billetes y zambullir coches caros en piscinas. Y lo hacían a la mínima ocasión en que alguna compañía discográfica corta de reflejos les extendía un cheque en blanco. Lo de vivir en la miseria, prostituirse y tener el mono era un simple efecto secundario de sus aventuras. Pero el caso es que tampoco parecía importarles demasiado. Roña y purpurina convivían en armonía.

En cambio a nosotros sólo nos han contado la parte del glamour. Todos hemos visto fotos del rat pack en trajes impecables cuando estoy segura de que su estado habitual era más bien con la corbata en la cabeza y la bragueta abierta. Vivimos en un mundo dominado por un modelo irreal de belleza y salud, pero quién, a ver, QUIÉN puede sentirse identificado con esa gente sonriente que desayuna zumo de naranja y cereales integrales en familia vestidos impecablemente (nada de pijamón con lamparones) a la luz de un sol radiante (¿?)  mientras una voz en off te dice a ti, espectador-parásito que ves la tele en horas de oficina, que empieces el día con energía. Pues no. La enfermedad forma parte de la vida y la gente rubia y sonriente de los paquetes de cereales es espeluznante: esto es así. Desde aquí quiero reivindicar que el vídeo de la hamburguesa fue lo mejor que hizo David Hasselhof en su carrera, y desde luego lo mínimo que podía hacer en compensación al daño causado por Los Vigilantes de la Playa. Pero por supuesto lo de la hamburguesa fue un escándalo en las redes sociales y los vigilantes un éxito televisivo, cuando tenía que haber sido exactamente al revés.

Pues bien, enfermo de cáncer, tú que te lamentas viendo pasar el verano desde tu habitación de hospital, que tienes náuseas y odias las agujas, no temas: también esto es una simple consecuencia de tu propia aventura. Podemos incorporar una cierta dosis de enfermedad y deterioro físico a nuestra vida como han hecho las rock stars de todos los tiempos. El espectáculo debe continuar.




martes, 3 de mayo de 2016

Gotero y yo

Una de las  mejores cosas de estar de vuelta en casa después de  más de un mes viviendo en un hospital es haber perdido de vista al gotero por unos días. Este es mi gotero.




Yo le llamo el árbol de Navidad. De él cuelgan todo tipo de botellas y sobrecitos de los que parten sus respectivos cables. Estos cables tienen a su vez pequeñas roscas regulables, y todo ello iba conectado a mi teta izquierda veinticuatro horas al día. Es como llevar un árbol de navidad rodante al que persigues intentando engancharle las luces.


Esa cosa azul cuadrada es una bomba que, para funcionar, necesita estar conectada a la corriente eléctrica, o sea el clásico enchufe de la pared. Además de las inyecciones en distintas posturas teatrales, la quimio me la ponen también por el gotero: un sobrecito naranja cuyo contenido es del color de la gelatina de fresa. Aquí entra en juego la bomba, que va dosificando el sobre a lo largo de  poco más de un día. Durante ese día estoy doblemente enchufada: de la teta al gotero, y del gotero al enchufe de la pared. Huelga decir que el enchufe de la bomba es el típico enchufe negro, gordo y odioso que exige tanto maña como fuerza para insertarse y extraerse de la toma de corriente. Cada vez que necesitas ir al baño tienes entonces que desenchufarte, recoger el cable negro gordo y hacer con él un ovillo para que no arrastre, y desplazar al árbol de Navidad contigo. Con tantas botellas regándome a diestro y siniestro, además, no paraba de mear. El gotero era así mi complemento menos favorito de entre todos los  chismes y artilugios modernos con los que mi habitación futurista venía equipada.  

Creo que he mencionado ya que soy lo que se conoce como una persona caguica: no me atrevo a saltar al agua desde el Gallo en Luanco, nunca he sabido hacer el pino puente y me da miedo montar en monopatín. Esto se debe a un terror cerval al dolor físico que, bien mirado, es más bien un instinto conservador: nunca me he roto nada, ni un triste esguince, y hasta esto de la leucemia nunca había pisado un hospital salvo para algún chequeo rutinario de rigor. El éxito de este instinto mío consiste en su poder gráfico: no puedo evitar imaginarme escenas de accidentes horribles que pueden ocurrir en situaciones ordinarias y aparentemente poco arriesgadas. Por ejemplo, tiendo a imaginarme rompiéndome la piñata al caerme por las escaleras. La visión de mi boca rota y sanguinolenta me hace así extremar la precaución cuando aparecen escaleras en mi camino, y, como resultado, no me caigo o, si lo hago, es de forma patética, por etapas y entre grititos en falsete, terminando con mi culo como amortiguador en lugar de los preciados dientes. Pues bien: mi instinto conservador detectó una potencial amenaza en el gotero tras el incidente que os voy a relatar.

Mi primera noche en el HUCA me desperté de pronto a eso de las cuatro de la mañana, soñando que me meaba desesperadamente. Volviendo a la realidad no sin cierta confusión, decido ir al baño, gotero a cuestas, para remediarlo. Hay que decir que además de caminar gotero en mano cual callado de personaje bíblico, mis andares en aquellos principios eran un poco estilo vieja decrépita, porque mi pierna aún se estaba recuperando de la trombosis con la que empezó todo este jaleo. Como colofón, tampoco puedo sentarme cómodamente y orinar en la taza del váter como una persona normal: en su afán medidor, los médicos me piden que deposite mi pis en un bote de plástico que vive en el cuarto de baño y que las enfermeras vacían de vez en cuando, contabilizando mis fluidos esta vez en sentido salida. Así que ahí llego yo al baño, haciendo rodar el gotero del que cuelgan cables transparentes de varios tipos que desembocan en mi mano izquierda, por aquél entonces mano biónica predecesora del catéter actual. Enciendo la luz y, medio grogui, busco el bote donde he de almacenar mi meada, en el que hay ya un poco de mi orina de antes de dormir. En cuestión de segundos, un movimiento torpe tratando de coger el bote sin tocar con él al gotero y sus cables genera una explosión de pis que inunda suelo, pijama, vendajes y vías de brazos. Es la fiesta del pis. Todo muy higiénico. Intento secar el escenario con papel, pero ya desde la taza, tirando la toalla y riéndome de la situación (recordemos que me estaba meando desesperadamente, me merecía sentarme de una buena vez).

La cosa se resuelve sin más problemas: aprieto el botoncito rojo, la dulce enfermera Ana aparece y me cambia la vía y los vendajes con la suavidad de un anuncio de Dodot, me limpian el baño, me reponen el papel higiénico. Nadie me riñe, todo son buenas caras.  Eso sí, ya no pego ojo en toda la noche.

Después de la faena del pis consideré necesario adoptar algún tipo de estrategia de convivencia con el gotero. Cuando tu teta derecha va enchufada a un árbol de Navidad, un tirón por accidente puede ser fatal (aquí yo me imaginaba escenas gore de pechos siendo arrancados por un gotero arrastrado al ruedo en dirección opuesta). No conviene librar una lucha abierta con un trasto que me persigue las 24 horas del día y que además sabe hacer la zancadilla. ¿Qué hacer, pues, contigo, Gotero? Recuerdo entonces la frase de Maquiavelo: “Ten cerca a tus amigos, pero aún más cerca a tus enemigos”. Al gotero hay que tenerlo vigilado de cerca para que no la arme.  Si estás ingresado y eres usuario de un gotero, éste ha de ser tu principio rector.

Además, estos son algunos otros consejos que deberé recordar cuando vuelvan a enchufarme al árbol:

1. Lleva siempre una pinza para sujetarte los cables a la ropa y evitar tirones.
2. El suelo del baño está en curva, el gotero ha de aparcarse bien mientras te duchas o usas el WC, para evitar que ruede a sus anchas.
3. Los goteros de palo blanco y sólido son muy codiciados porque ruedan mucho mejor que los negros enclenques. No obstante, hacen más la zancadilla. Hay que estar pendiente de no tropezar cuando se camina con ellos al lado, mantenlo siempre a una distancia prudencial de tus pies.
4.Puedes poner tus zapatillas encima de las aspas de las ruedas, es mejor que en el suelo ya que el gotero tropezará con ellas si las encuentra en su camino.
5.Hazte con un ladrón-alargador para enchufarte y desenchufarte más cómodamente de tu gotero. Puedes tener el ladrón en la cama y enchufarte ahí en lugar de a la toma de la pared, que es más aparatosa e incómoda.

Pero todas estas precauciones pueden esperar al lunes que viene. Por otra parte, tampoco vamos a demonizar al gotero: se requiere un talento especial y toneladas de mala suerte para tener un accidente real con él, lo que pasa es que yo, como ya he dicho, soy una caguica y me falta un verano. Además el árbol tenía también sus buenos momentos. Como cuando llevaba puesto mi adorno favorito, el bocata de tortilla. Es este de la foto. No sé muy bien lo que es ni para qué sirve, sólo que me lo enchufaban en días alternos y que es muy simpático porque va envuelto en papel albal. Me pregunto si el lunes que viene tocará bocata o no.



lunes, 18 de abril de 2016

Chica occidental no le teme al hospital


Siempre he sido la típica persona que se pone como un flan ante la idea de una aguja. De esas que tienen que tumbarse para hacerse una analítica porque de lo contrario empiezan a verlo todo negro y al suelo que van. El día que entré en urgencias con mi pierna hinchada y me hicieron el primero de una larga serie de análisis de sangre me pasó eso: salí del cuartito pensando que lo tenía todo controlado cuando, de repente, una mancha negra que veía dio paso a la oscuridad total. Le dije entonces al Almirante Stargazer: “vale, no veo nada, deposítame en el suelo más cercano, que me voy a echar un rato”. Y allí me tumbé como Pedro por su casa a esperar a que se me pasara el bajoncillo. Así de caguica soy.

Y en realidad no sé por qué, si como mujer occidental  del siglo XXI que soy no hay tortura china a la que no me haya sometido yo ya voluntariamente, o peor aún, pagándolo con mi salud. Pertenezco a una clase de seres que vierte cera ardiendo sobre su vello púbico para luego tirar y arrancárselo todo, y esto por gusto, sin que nadie nos apunte con un arma, es más, pagando. Hace pocos meses yo misma apoquinaba veintitantos pounds en Londres por hacerme las ingles brasileñas esas célebres - estuve escocida dos días y decidí que el look Porn Star no es lo mío-. Y por supuesto también pasé por la fase anoréxica, la fase bulímica, la fase acné o cómo convertir tu palestino en un pasamontañas, la fase “no tengo tetas, qué me pasa doctor”, sujetador de relleno apretado cual corsé decimonónico para salir por la calle del Rosal con quince años. Y un largo etcétera de barbaridades a las que todas las mujeres deberíamos decir “No, ni de coña” desde el principio. En resumen, que en comparación con eso, todo lo que te hacen aquí es totalmente indoloro. ¿El quirófano? Un circuito de Spa comparado con la depilación eléctrica del vello facial.

Pero volvamos a la sección “putaditas de hospital”, como las llama mi padre. Resultó que aquél rutinario análisis en urgencias era sólo el cabecilla de toda una tropa de pinchazos, inyecciones e implantes de vías varios en manos, brazos, espalda y otras partes del cuerpo, culminando en mi fabulosa teta biónica, que ya está ahora en pleno funcionamiento y con la que estoy como un niño con zapatos nuevos.  Pero en aquellos lejanos días de hace cosa de un mes yo aún prefería no pensar demasiado en el sistema de venas y fluidos del que me decían que estaba compuesta, me daba todo una grima de muerte mortal.  Músculos y huesos vale, pero sólo la palabra venas me hacía poner cara de estar chupando un limón.  Y el caso es que toda esta experiencia está siendo de lo mejorcito para quitarme la tontería.  No sé por qué tanta grima, ¡el cuerpo humano está hecho de unos materiales más resistentes y sofisticados que los de la nave USS Enterprise NCC- 1701!


Ahora me veo a mí misma como un sistema de tubos y gasolina y motores y chismes más pros que los de un anuncio de Mercedes Benz. Uno de estos con música clásica y planos espectaculares de un morro metalizado reflejando los destellos del sol, surcando un paisaje urbano desierto, todo clase y poderío. Y es que nuestro cuerpo es mejor. Señoras, señores, ¡quieran sus cuerpos! No dejéis que nadie os diga de qué forma y tamaño tienen que ser con tal de que os estén dando la energía que necesitáis para disfrutar de la vida. Amancio, ojalá te tragaras la colección completa de tus catálogos de Inditex con sus fotos de escuálidas bellezas, seguro que la mezcla de celulosa y hez resultante sería infinitamente mejor para el mundo que la basura de canon estético con la que nos quieres empapelar el cerebro. ¿Tienen pinta esas mujeres de tener energía, de ir a salir por la puerta con el modelito a moverlo por ahí? No. ¿Sonríen siquiera? No. La industria de la moda es tan absurda que encima lo que se lleva es posar en plan lloratardes con el vestido multicolor primavera verano 2016. Hace poco escuché a un modisto decir un disparate de tal calibre que hasta me puse de mal humor sólo con leerlo: “la curva desvirtúa la prenda”. Juan Vidal, se llama el iluminado. ¿Pero estamos locos o qué? Entra en la web de Zara o Pull and Bear y mira las fotos, fíjate en las poses con las que sacan a las modelos. No, esa mirada enigmática no es de profundidad faulkneriana: es hambre. Esas chicas tienen pinta de estar de bajona. Y ya lo dice Lars Von en el sketch deMuchachada Nui: La bajona no perdona.



martes, 5 de abril de 2016

Un catéter en la teta


Aquí sigo reportando desde mi suite de lujo en el Hospital Universitario Central de Asturias. No sé si lo he mencionado ya, pero tengo una habitación cojonuda: amplia, luminosa, una de las paredes todo ventanales, con vistas a un paisaje espectacular, todo verde, con las montañas nevadas al fondo. Una habitación propia del tipo de casa que no tendré en la vida. Tampoco es que yo sueñe con comprarme una casa, y si lo hiciera no sería ningún casoplón de diseño, pero está bien explorar este tipo de paisaje pijo, por eso de probarlo y poder decir con suficiencia que “eso a mí no me va”. En resumen, que a veces no sé si estoy en un hospital o en un spa de estos a los que van los famosos a desintoxicarse y hacerse operaciones estéticas.

Y hablando de operaciones,  ¡el jueves tuve mi primera visita al quirófano! Nada, una cosilla rutinaria, pero oye, puedo decir que he pasado por un quirófano, que como que da mucho bombo y tal. Ninguna operación a corazón abierto de momento, que solo tengo una leucemia de poca monta. Lo único que me hicieron fue instalarme una especie de catéter super guay a la altura de la yugular, y ahora por lo visto tengo unos botoncillos encima de la teta derecha que, cuando cicatrice la cosa y se pueda usar, va a ser la leche: por ahí me van a poder sacar y meter sangre sin agujas, y posiblemente otras sustancias. La quimio no, esa va mediante una inyección muy cachonda que te ponen en la espalda mientras abrazas un cojín sentada en la cama en posición de adolescente en fase de desamor.  Pero por lo demás, parece un invento super práctico, una especie de puerto USB de matasanos con el que me puedo ir a casa y hacer vida normal. Me dijeron que un señor estuvo con él puesto 18 años.

Esto del señor me recuerda que no he hablado aún del único elemento inquietante de mi habitación. Aquí, por eso de la burbuja, en verdad no hay ventana, sino que los cristales están fijados a la pared  y el aire se regula por un sistema de ventilación. En mi habitación se da la particularidad de que este sistema de ventilación suena igual, pero igual, que un señor durmiendo. Las enfermeras me preguntan que si no me da miedo, que ellas no se verían una película de terror con ese ruido sonando de fondo ni de coña. Para que os hagáis una idea, mi señor respirando suena casi igual a la respiración que se oye todo el rato en la mítica escena de la desconexión de Hal en la peli 2001: Una Odisea En El Espacio.


Me he puesto la escena ahora en el ordenador y, comparando las respiraciones, creo que la de mi aire acondicionado es de un señor un poco más mayor, pero por lo demás el sonido es exactamente igual.  Pensándolo bien, a mí me parece un complemento auditivo fetén para rematar el toque futurista-espacial-burbujil que ya de por sí tiene la habitación. Ahora me siento todavía más como un astronauta.
He intentado grabar al señor durmiendo-astronauta en vídeo para que veáis cómo suena. Hay que escucharlo con cascos, pero yo creo que le he cazado.






domingo, 27 de marzo de 2016

Sweet Home Oviedo!

Tras la vuelta a casa por mar a lo conde Drácula meets Vacaciones en el Mar, he pasado a ocupar una habitación de hospital que parece sacada de una peli futurista de esas en las que todo luce diáfano y automatizado.
Todo aquí mola mucho: Los ventanales dan a unas vistas increíbles del paisaje asturiano, las enfermeras son encantadoras, y se perpetúa la buena cosa esta de las comidas en la cama (a ver luego quién me saca a mí del modo romano para sentarme en una mesa normal).
Hablando de la cama, eso sí que va a ser mi perdición. ¿Habéis probado alguna vez las camas de los hospitales? Eso de que por la mañana le das a un botón y te elevas dulcemente, tipo Nosferatu, sin rictus de esfuerzo alguno en el rostro, buscando de reojo el desayuno que te espera a un lado. Y todos esos otros botones, que sospecho que bien dominados pueden conseguir coreografías ondulantes para acomodarse en las posturas más regordas y relajantes, y que hacen que la cama y no tú mismo sea el vehículo de todos tus deseos. Vamos, el clásico darle a un botón y que pasen cosas. El futuro está aquí y tiene forma de cama. Me siento como el capitán Jean Luc Picard a los mandos del Enterprise.
Por desgracia, me temo que no voy a poder invitaros a esta mi nueva nave espacial. Mañana me chutan mi primera quimio, una especie de medicina heavy metal que dejará a mi sistema defensivo al nivel del de la casa de caramelo de Hansel y Grettel. Esto implica que aquí poco menos que acordonan la zona y las antes dulces enfermeras empiezan a jurar en arameo al mínimo tráfico de visitas. En términos freaks, podemos decir que vosotros, bien intencionados visitantes, os subís un +10 en puntos de daño ante mi fortaleza de gominola, y vuestra sola presencia pasa a tener el poder, lamentablemente fuera de vuestro control, de acarrear la devastación de una invocación del mismo Cthulhu y dejar a mi sistema defensivo en puntos de cordura negativos.
Nada me apetece más que daros un achuchón enorme a todos y cada uno de vosotros, pero de aquí a un mes me toca estar en plan niño burbuja. Habrá que aplazar la fiesta de pelucas, pero en un santiamén estaré correteando con vosotros, y mientras tanto tengo libros, series y películas de sobra.
Como oficiales a bordo en esta travesía tendré en cambio al alférez Pro, el robot, y a Candy Mountain Charlie, mi unicornio de peluche, al que no tiene sentido ponerle un grado en la tripulación porque es un unicornio absurdo aunque adorable. Podéis conocer a Charlie pinchando en este enlace: https://youtu.be/W37p_TJTq0g

Gracias a todos por todo el apoyo, ánimos y buen rollo que me estáis mandando. ¡¡¡Cuando os vea en persona os voy a dar a cada uno un abrazo de oso que os dejará la forma en el cuerpo por un día entero!!!
Pero no os preocupéis que esto no es para tanto y, de hecho, ya veis que se parece sospechosamente a un Spa. Enseguida nos vemos cuando me saquen de la burbuja.
Si me veis llorar ese día, será porque me han separado de la cama de los botones. Eso es lo único que va a ser duro en todo este proceso.