Ahora que estoy de vacaciones de
quimio, he recobrado energías y ya soy capaz de disfrutar de libros y películas
como antes. Cuando estás malito, no tienes energías suficientes para mantener
la concentración mínima que requiere seguir una película o leer un texto. En
esos casos, a mí me funcionaba muy bien leer cómics. Pero ahora que ya vuelvo a
estar en plena posesión de mis facultades, he aprovechado este fin de semana
para revisionar alguna de mis películas favoritas, y de paso refrescar la
imagen de mis héroes y heroínas personales, que son la mayoría personajes de
ficción salidos del mundo del cine. Por eso hoy voy a dedicar esta entrada a
uno de mis referentes en mi lucha contra el cáncer y en la vida en general: la
teniente Ellen Louise Ripley.
Para el que no esté familiarizado
con el cine de ciencia ficción, Ripley es la protagonista de la saga Alien, una
mujer fuerte e inteligente, paradigma de valor y sensatez. La batalla que
Ripley tiene que librar en cada una de las películas no es sólo contra la amenaza
de un ser abominable capaz de acabar con la raza humana en cuestión de horas,
sino contra un establishment encarnado en La Corporación Weyland-Yutani y dominado
por machirulos incompetentes que la desprecian e ignoran sistemáticamente y son
tan inconscientes de pensar que pueden utilizar a los aliens como arma
biológica en su beneficio, pasándose por el forro las advertencias de Ripley.
Por supuesto, en cuanto los caballeros experimentan en sus propias carnes el
contacto con el alien se cagan en los pantalones y entran en combustión
soltando toda la retahíla de improperios clásicos de película americana, y ahí
es Ripley la única con sangre fría para trazar un plan y acabar con el bicho.
En mi batalla particular contra
el cáncer, pensar en Ripley me ha dado fuerzas para sobrellevar distintas
adversidades que a ella le parecerían meros trámites. Por ejemplo, cuando me
tuvieron que implantar diferentes vías en manos y brazos, procedimientos que a
mí me dan una grima tremenda. O cuando me bajaron a quirófano para instalarme
mi espléndida teta biónica USB, cuyo nombre real es PORT-A-CATH y por la que
estaré eternamente agradecida a mi doctora por habérmela encargado (no sé si lo
sabéis, pero las vías en los brazos tienen una vida útil, tras la cual deben cambiártelas
porque si no ese brazo puede acabar obstruyéndose y generar una flebitis: inflamación
de las venas que suele ir acompañada de la formación de coágulos de sangre en
su interior. No suena apetecible, ¿verdad? Esto en cambio no ocurre con un
catéter “properly” como el mío, que posee una tecnología más avanzada y por eso
requiere ser instalado en un quirófano por un equipo de cirujanos pro. ¡Gracias
gente del HUCA y doctora Concha por haberme implantado mi catéter PORT-A-CATH!
Además, como ya he dicho, está encima de una teta, como el comunicador de Star
Trek. En un mundo ideal, las chinchetas que te ponen para conectarte ahí el
tubito de entrada y salida de sustancias, tendrían la forma del símbolo de la
Federación. En fin, quizás en un futuro.)
Pues bien, cuando me preparan para
implantarme alguno de estos dispositivos y noto cómo el canguelo amenaza con
apoderarse de mí, pienso que Ripley no se inmutaría ante semejante
procedimiento rutinario, es más, se lo haría ella misma sin pestañear. Y ese pensamiento,
por ridículo e infantil que pueda parecer, me ayuda a tomarme el asunto mucho
más a la ligera.
Otra situación que vemos a Ripley
afrontar con gran entereza es además una muy habitual en el paciente con
cáncer: las náuseas. En Alien 3, Ripley se pasa la peli encontrándose fatal,
porque, como descubrirá más adelante al hacerse un escáner, tiene nada menos
que una reina alien gestándose en su vientre. O sea, que no sólo se encuentra en
una antigua penitenciaría habitada por ex convictos propensos a violarla a la
mínima ocasión y con un alien suelto por ahí, sino que además tiene que andar
corriendo por pasillos subterráneos para atrapar al alien en medio de sudores
fríos y náuseas horripilantes (si ya se pasa mal con un embarazo humano
estándar, imaginad lo insano que debe ser estar embarazada de un alien). De
modo que cuando tengo mis habituales náuseas matutinas, que transcurren
aproximadamente durante las dos horas posteriores a la ingesta de mi sopa de
pastillas, miro a mi alrededor y pienso: bien, una casa confortable, una cama
cómoda, ningún alien a la vista. Sólo tengo que tumbarme o como mucho
prepararme algo de comer para enmascarar el mal sabor de boca. No hay aliens ni
corporaciones insensatas dispuestas a traerlos a la Tierra pensando que pueden
usarlos de mascota. No tengo que salvar al mundo de una raza depredadora mortífera
ni nada de eso. Todo va bien.
Pensar en Ripley también me ayuda
cuando tengo que inyectarme mi dosis
diaria de heparina. Por el tema de la trombosis, tengo que auto administrarme
esta sustancia mediante una inyección que me pongo todas las noches en la
grasilla de la tripa. Para una persona temerosa de las agujas como yo, esta
tarea no es muy grata. En realidad no es para tanto, no es apenas doloroso
siempre y cuando tengas “dónde agarrar”. Si eres todo fibra y pellejo la cosa
se complica, pero yo siempre he tenido un poquitín de grasa debajo del ombligo,
y ahora lo aprecio más que nunca. A veces me obligo a comer más de la cuenta
para mantener esa cantidad mínima de grasa abdominal, sin la cual las
inyecciones serían mucho más dolorosas y complicadas de poner. De todos modos
clavarme agujas, por muy indoloro que sea, no es mi pasatiempo favorito.
Entonces, en esos días en los que mi faceta blandengue hace que me dé una
pereza mortal ponerme la obligada inyección, pienso en Ripley y me armo de
valor. Ripley no se acojonaría ante semejante nimiedad. Con este pensamiento, agarro
un poco de grasa de mi preciado flotador y sin más miramientos me clavo la
aguja y aprieto el émbolo.
Con todo esto, no es de extrañar que
hayan proliferado pósters y camisetas con el lema: What would Ripley Do? (En
cristiano: “¿Qué haría Ripley?”). Creo que el mundo iría mejor si, en busca de
orientación espiritual, nos formuláramos esa pregunta más a menudo. Por
supuesto, en general defiendo que cada uno ejercite su propio raciocinio y
elabore un criterio propio con el que regir sus acciones, blablabla. Pero para
todos aquellos que voluntariamente eligen estar desinformados y actuar como
masa, mucho mejor Ripley que, por ejemplo, Belén Esteban, Mario Vaquerizo o
cualquiera de las conocidas y terroríficas celebridades salidas de la parrilla
de televisión. El lema “¿Qué haría Ripley?”, además, sirve tanto para un roto
como para un descosido: Qué carrera escoger, qué comida a domicilio pedir, qué
sendero tomar en la vida, qué me pongo para salir…
Ahora que se acercan tiempos de
elecciones, también es muy buen lema para retar a los indecisos a que miren en
su interior y hagan algo con su voto, si no algo fundado en su criterio
personal e intransferible, quizás sí algo basado en lo que Ripley hubiera hecho
de vivir en la España de 2016. Uno empieza a ser bombardeado por la propaganda
política de unos y otros y, antes de sucumbir al bloqueo, a la náusea
existencialista de la que hablaba Sartre, se pregunta: ¿Qué haría Ripley?
Posiblemente, prenderle fuego a
todo. Y, visto así, quizás no sería mala idea empapelar los colegios
electorales con pósters de Qué haría Ripley y la imagen de Sigourney Weaver
empuñando un lanzallamas. ¿Quién se apunta?












